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Es sabido por muchos la gran influencia por parte de la industria agroalimentaria en este tiempo moderno, es aquí cuando debemos formularnos la siguiente cuestión: ¿conocemos el grado de influencia de esta industria en nuestras vidas?

La respuesta es más que evidente, rotundamente no. La mayoría de la gente en la que yo mismo me incluyo, hasta hace unos pocos años, damos por sentado demasiadas cosas, incluso somos demasiado ingenuos y sufrimos un abuso de confianza por parte de la industria. Una industria infame que nos engaña con la publicidad, que nos oculta información en el etiquetado de sus productos y que con toda desfachatez dice preocuparse por nuestra salud, cuando su única meta es obtener el máximo de beneficio posible; algo totalmente legítimo y respetable pero, por otra parte hay que recordar y recalcar efusivamente, que esta industria comercia con la necesidad básica del ser humano, que es alimentarse y podemos acuñar ese famoso dicho: “con la comida, no se juega”.

Hay que echar la vista atrás para comprender como a día de hoy la industria agroalimentaria se ha convertido en una de las más poderosas. Aunque se remonta a un poco antes, es a finales de los años sesenta y principios de los setenta cuando se lleva a cabo la implantación de la llamada “revolución verde” que consistía principalmente en la plantación de cereales (arroz, trigo, maíz y soja) a gran escala por medio de la industrialización del mundo agroalimentario, en la que la utilización de semillas modificadas en laboratorio, el uso de fertilizantes y pesticidas derivados del petróleo y las explotaciones monocultivo eran la columna vertebral de dicho proyecto.

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Todo esto fue introducido de manera magistral, por medio de dos pretextos muy bien estudiados: abaratar el precio de los alimentos para hacerlos más accesibles a toda la población y la erradicación del hambre en el mundo, respaldado además por instituciones supuestamente “respetables y libres de sospecha” como La F.A.O (organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) y La O.M.S. (organización mundial de la salud). En un principio estos admirables pretextos para mejorar el mundo son incuestionables, pero como el tiempo se ha encargado de desenmascarar, todo se quedó en una “declaración de intenciones” pero resultó ser la excusa perfecta, para su implantación a nivel mundial.

Esta “revolución verde” se tradujo en un cambio en la producción del cultivo de cereales, el cual se triplicó, la producción de carne también se triplicó y a su vez la producción de lácteos se duplicó, estas dos últimas por causa del cambio de alimentación en los animales, ya que los cereales, pasaron a formar parte de la alimentación de los mismos.

Después de esta breve explicación de la llamada “revolución verde”, que es un momento clave en el tema que nos ocupa y el punto de inflexión del porqué de la industria agroalimentaria hoy en día. Introduzcámonos de pleno en este tema.

Es una evidencia, tanto científica como social, que la alimentación del ser humano ha cambiado más en los últimos cincuenta años que en los anteriores diez mil años. La pregunta es clara: ¿Ha repercutido favorablemente este cambio en la alimentación, en una mejora de la salud? Bien ahora seguramente estarás pensando en que sí, piénsalo mejor… piénsalo un poco más profundo… y te darás cuenta de cómo ese sí se convierte en un no, al formularte estas otras cuestiones: ¿Sabemos ciertamente lo que comemos? ¿Son seguros nuestros alimentos? ¿Conocemos su procedencia y la forma de producción de los alimentos?

Las grandes compañías agroalimentarias son tan poderosas que han cambiado las reglas del juego, la industria ha cambiado los métodos de producción totalmente sin tener en cuenta factores clave como pueden ser: el medio ambiente, la biodiversidad, el maltrato animal y otros más. A continuación varios ejemplos para hacerlo más claro. Los ganaderos han cambiado la forma en la que se ha criado el ganado por que la industria les empuja y presiona ya que sino; no podrían competir y tendrían que abandonar el negocio debido a las pérdidas. El ganado ha pasado de alimentarse de pasto a alimentarse de pienso, en gran medida de cereales y otros animales muertos, ¡Nos hemos vuelto locos!, hemos cambiado la alimentación al ganado solo para abaratar costes de producción, sin tener en cuenta nada más. Este cambio en la alimentación del ganado tiene sus consecuencias y derivó en la mutación de la bacteria e-coli (ESCHERICHIA COLI 0157:H7), que en innumerables casos ha llegado al consumidor, incluso ha producido la muerte a algunos consumidores. Además de alterar la alimentación de unos animales herbívoros, hay que recordar que la cría de estos animales, hacinados, sometidos a un estrés continuo y rodeado de sus excrementos, no hace más que propiciar esta clase de contaminación del producto final, ya que la industria no presta mucho interés en la salud de éstos, cosa impensable tratándose de alimentos. Otro ejemplo, el cual me dejó totalmente desubicado es que en algunas piscifactorías, a los peces como el salmón o la tilapia, se les está alimentando con maíz, ¡un pez comiendo cereales! Es una auténtica locura, pero lamentablemente hay más, mucho más.

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Si después de lo anterior aún piensas que la industria se preocupa por la salud de los consumidores…te expondré lo que realmente te hará cambiar de opinión y darte cuenta, que solo somos consumidores en el sentido que nos necesitan para lucrarse a nuestra costa, pero que no les importamos en absoluto.

Igual que otras industrias insalubres como las tabacaleras y las farmacéuticas, es hora de que la industria agroalimentaria haga frente a sus responsabilidades.

En estos últimos años la proliferación de alimentos procesados ha sido vertiginosa, en estos productos encontramos multitud de sustancias artificiales, llegando en algunos casos a ser una combinación de estas sustancias los ingredientes del mismo. Este uso sin control de “potenciadores del sabor” como el glutamato monosódico (E-621). El glutamato monosódico, es un aditivo que mejora el sabor de algunos alimentos procesados. Utilizado en carnes procesadas y comida congelada para que sepa más fresca, acentúa el sabor de los aderezos y le quita el sabor metálico a los alimentos enlatados. En términos químicos el E-621 contiene un 78% de ácido glutámico libre, un 21% de sodio y 1% de contaminantes. El E-621 “engaña” a nuestro cerebro, haciéndole creer que la comida sabe mejor, es más sana y más rica en nutrientes. Ya que es una neurotoxina daña al sistema nervioso y sobre estimula a las neuronas llevándolas a un estado de agotamiento, en el que algunas de ellas morirán como consecuencia de esta estimulación artificial. Además el consumo de alimentos con E-621 hace que el nivel en sangre de glutamato se filtre al cerebro contribuyendo y causando malestares físicos, como dolor de cabeza, migrañas, espasmos musculares, nauseas, alergias, anafilaxis, ataques epilépticos, depresión e irregularidades cardiacas. Lo que hace es incrementar el apetito, ya que impide el funcionamiento de los mecanismos inhibidores del apetito. Como demuestra el catedrático de fisiología y endocrinología experimental de la universidad complutense de Madrid, Jesús Fernández-Tresguerres Hernández, “el E-621 potencia el hambre y la voracidad, contribuyendo de manera muy evidente a la epidemia que tenemos de obesidad y especialmente obesidad infantil”. Este aditivo potenciador del sabor, es muy utilizado en las cadenas de comida rápida y se añade también a una lista interminable de alimentos envasados o procesados, como patatas fritas, ganchitos y demás aperitivos por no mencionar que sobretodo se añaden a las chucherías que nuestros niños devoran sin parar.

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La industria intenta camuflar el glutamato monosódico E-621 en el etiquetado, así también se le llama de otra manera o forma parte de otros compuestos como: la proteína texturizada, concentrado de proteína de soya, la gelatina o el nutriente de levadura, así como el almidón y jarabe de maíz, el jarabe de arroz y la leche en polvo también contienen rastros del E-621.

Como puedes ver, la industria no se preocupa mucho, por no decir nada de nuestra salud. Otro ejemplo de la irresponsabilidad y amoralidad de la industria, lo encontramos en los productos que calificaremos “sin azúcar” pero que en realidad son incluso más perjudiciales que los que lo contienen y no me entiendas mal, no recomiendo los productos azucarados, el azúcar refinado no es “saludable” y muchísimo menos si este es consumido en exceso, pero si tienes esa necesidad, eres una persona “golosa”, hay opciones mucho más saludables y si no te queda otra, utiliza azúcar integral o de caña antes que los “edulcorantes químicos”. Estos productos, a los que la legislación les permite llamar o poner en la etiqueta palabras como: “light”, “bajo en calorías”, “sugar free”, “diet”… es solo para llamar su atención, el fabricante de estos productos no persigue que adelgaces o controles tu peso consumiendo sus productos “light”, es tan simple como que estos edulcorantes químicos son muchísimo más baratos que el azúcar y que tienen un poder de edulcoración muy superior a este.

Hablo del más controvertido de todos, el aspartamo (E-951, E-962). El aspartamo es hoy, tras la sacarina, el segundo edulcorante más utilizado del mundo. Este edulcorante químico que fue descubierto en 1965 por la empresa norteamericana G.D. Searle & Co. El producto fue “etiquetado” como no comercializable por la FDA (U.S.Food and drug administration), pero sorprendentemente en 1974 y a pesar de todos los informes desfavorables, fue aprobado como aditivo de productos secos. El aspartamo es sin duda, la forma más evidente de como el interés económico y el político van de la mano o mejor dicho, el político sirve al económico, es el caso de aprobación del aspartamo en USA donde las “puertas giratorias” son una constante y de cómo los que tienen que protegernos, no lo hacen. Un estudio reciente de la Fundación Ramazzini (www.ramazzini.org) para la investigación y prevención del cáncer, público un estudio este año, según el cual su consumo excesivo, podría contribuir a la aparición de linfomas y leucemia, especialmente en los más jóvenes; en el que se demuestra el potencial carcinogénico del aspartamo e insta a una revelación de la posición actual de las agencias reguladoras internacionales que deben considerarlo un asunto urgente de salud pública.

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Cantidad de azúcar en las bebidas

 

Llegados a este punto te formulo otra pregunta: ¿Aun piensas que nuestra salud le importa a la industria? Bien y si te digo que las grandes compañías gastan miles de millones de euros en publicidad, una publicidad que transmite a los consumidores atributos milagrosos, beneficios para la salud, incluso que al consumir dicho producto será “feliz”. La publicidad es la otra gran arma de la industria, y es que gracias a ella; sumado a la ignorancia de la mayoría de la gente pueden vender cualquier producto sin ninguna base fundada ni demostrada, muy distinta a la veracidad en la mayoría de los casos. Pero a la industria, le es indiferente; ellos solo quieren vender y cuanto más mejor…aquí es cuando entra la publicidad en juego y hace su “magia”. Esa magia que hace que te sientas bien si consumes o compras esto y lo otro o por el contrario no estas a la moda, “no molas”, juegan con tus sentimientos de tal forma que adquieres el producto o te sientes mal psicológicamente y físicamente.

Estos despiadados “publicistas” no se basan en la veracidad y la utilidad del producto, sino que juegan con las emociones humanas, adornan los envases con colores para atraer la atención, te dicen que consumiendo este producto serás más feliz (como hace Coca-Cola), que este producto no engorda y es un placer comerlo. Se ríen con total desfachatez y la prueba de ello la encontramos en que la industria hace culpable al consumidor. ¡No! Mi producto no es malo, es usted el culpable por consumirlo de una forma inadecuada. ¡Haber empezado por ahí! La culpa es del consumidor ¡claro! ¿Entonces por qué utilizan sustancias en sus productos para que te hagas “adicto” a ellos? ¿Por qué ese bombardeo publicitario constante? ¿Por qué esas campañas de publicidad tan agresivas? ¿Por qué la falta de transparencia en el etiquetado de los productos? Claro que sí, quieren que desayunes, comas y cenes en sus restaurantes de comida rápida, pero si enfermas, la responsabilidad recae únicamente en ti.

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Otro aspecto a debatir es, el por qué la comida saludable es más cara que la “comida chatarra”. Tú pensarás en un principio que es normal que sea más barata, ya que hay una industria, una producción al por mayor, y por lo tanto se puede vender a un precio más competitivo; y en cierto modo es verdad, pero lo que muchísima gente no sabe es que este tipo de comida está subvencionada. La mayor parte por no decir todos los productos procesados, tienen en su composición uno o varios elementos derivados del maíz, en sus diferentes formas: harina, almidón, glucosa, jarabe de glucosa, fructosa, dextrosa, maltodextrina, isomaltosa, sonbitol (E-420), etcétera. Recordemos ahora la llamada “revolución verde” y que en países como Estados Unidos y Argentina, los grandes productores de cereales transgénicos están subvencionados. Aquí en Europa también están fuertemente subvencionado estos productos. Bien entonces ¿Por qué no se subvenciona esos productos más saludables para nosotros? ¿Por qué no hay más publicidad de comer “ensaladas”?

Podemos extraer una conclusión y es que está claro que no tenemos ni idea de lo que comemos, ni como, ni en qué condiciones se produce, ni de donde procede, ni porque es más barato un donut que una manzana. A la industria ser transparente no le interesa en absoluto como hemos podido ver a estas alturas. La industria tiene sus objetivos muy definidos y no le importa en absoluto si es a costa de empeorar los productos, de engañarnos con su composición o dándole atributos falsos. La cuestión que surge es muy sencilla ¿Quién vigila a la industria? ¿Nuestros representantes los que velan por nuestra seguridad alimenticia dónde están?

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Es bastante evidente que nuestros representantes no nos están representando, o no como deberían. No lo hacen de forma independiente y con implicación; por el contrario, observamos una legislación blanda y muy a favor de la industria, las “puertas giratorias” y la falta de ética de muchos legisladores es patente en estos casos. Por citar un ejemplo, en Europa, hemos asistido a como el proyecto de un nuevo etiquetado en los productos alimentarios llamado el “semáforo” que consiste en informa sobre el valor nutricional y sobre la cantidad de ciertas sustancias que contienen los alimentos. Si un valor se estima desproporcionado aparecerá con el color rojo. Pegado en la parte delantera de los embalajes o etiquetas, el semáforo indicará la cantidad de azúcar, sal, grasas etc, que contiene el producto. Cuando algún producto contenga una excesiva cantidad de alguna sustancia y se considere perjudicial para la salud, el semáforo de la etiqueta mostrará el rojo. Por lo tanto, las aberraciones nutricionales se indicarán en rojo, los productos pasables en naranja y los normales en verde. Ese sistema ya se aplica en Inglaterra y fue promovido por la “Food Standars Agency“, una institución gubernamental británica. No se llegó a aprobar gracias a la presión del lobby de la industria agroalimentaria.

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Un informe de la ONG holandesa CEO (Corporate Europe Observatory), indica que el lobby alimentario ha gastado una suma cercana a los mil millones de euros para evitar que los parlamentarios aprueben la implantación de una etiqueta que ayudaría a los consumidores a elegir sus alimentos de una forma más segura y saludable.

El informe, titulado “A Red Light for Consumer Information” (Semáforo rojo para la información al consumidor), se publicó en 11 de junio. Dicho informe desvela las acciones llevadas a cabo por la industria con el objetivo de presionar a los políticos de Bruselas. Como ejemplo: la diputada socialista holandesa Kartika Liotard confiesa haber recibido cientos de correos electrónicos de los lobbies de la industria agroalimentaria (hasta 250 por día) y uno sólo de la asociación de consumidores. En una entrevista concedida al blog de la ONG CEO, el diputado verde holandés Carl Shlyter comenta:

“Normalmente, la proporción de informaciones provenientes de los grupos de presión es de 84% por 16% proveniente de los movimientos de interés público. En el caso del etiquetado la proporción es de 95% por 5%”. En dicha entrevista, el diputado verde holandés relata cómo la presión por parte de la industria es algo normal en el día a día parlamentario.

 

Hemos visto como nuestros representantes, junto con instituciones como la EFSA, que deberían de ser independientes y servir al bien común, son presionadas y corrompidas, permitiendo esta situación y volviendo a poner por delante de todo el interés económico, antes que la salud ciudadana. Por supuesto que ellos son los culpables junto con la industria, al permitir toda esta locura, pero no son los únicos, ya que la sociedad, nosotros los consumidores, también hemos sido participes de esta estafa y secuestro de nuestra salud. Os recuerdo que tanto la FDA o la EDSA aprobaron en su día el uso- porqué eran “seguros”- el DDT, el PVC y la talidomina, además de muchísimos fármacos que hubo que retirar, por lo cual las recomendaciones o afirmaciones de estas agencias no tienen siempre un valor seguro, teniendo en cuenta sus estrechos vínculos con la industria y las “puertas giratorias”.

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Afortunadamente cada vez son más los científicos y profesionales del sector que desenmascaran y se mantienen independientes en sus estudios y por lo tanto en sus conclusiones finales.

Lo que pretendo decirte es que el dinero corrompe todo, directa o indirectamente, aunque al final, somos los consumidores los que tomamos la decisión de comprar o no dicho producto, por eso deberíamos tener toda la información disponible y certera, porqué así podríamos decir que elegimos libremente el producto, sin mentiras publicitarias, ni condicionamientos, ni aditivos alimenticios ni nada por el estilo.

La conclusión final sobre todo lo que se ha comentado en estas líneas, aboga por ser un mejor consumidor. Un consumidor que elige lo que quiere, pero que a su vez exige que sus derechos como tal se cumplan, conocer el cómo y el dónde de la procedencia del producto, los ingredientes, la seguridad total de esos ingredientes y en general del producto… algo que desgraciadamente no ocurre hoy en día. También por ser un consumidor más informado, con una decisión basada en análisis y que no se deje embaucar por la publicidad engañosa. Aquí tienes el ejemplo, después de compartir esta información contigo, eres solo tú quién tiene que decidir, la responsabilidad es tuya, la responsabilidad es de cada uno de nosotros. La responsabilidad individual es nuestra y la responsabilidad compartida es de la industria, de las instituciones, de las agencias que deben proteger nuestra seguridad alimenticia por encima de cualquier beneficio. Queda mucho camino por recorrer pero es cierto que algo se ha puesto ya en marcha, y por supuesto que es gracias a la participación de la gente que día a día está más concienciada e informada.

Eric Fernández.

 

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